Hay días en que uno puede ser más sensible de lo normal,
tristezas, alegrías, desesperanzas, euforia…
pero son esos días cuando uno
descubre ciertas fortalezas
y las valiosas enseñanzas que te hay llevado a ser
quien eres,
y es cuando se siente la necesidad de agradecerle a Dios
y a la
vida por las experiencias que nos han permitido
adquirir herramientas para
seguir adelante forjándose un presente
mejor y vislumbrando un futuro bienaventurado,
sabiendo que
del pasado solo debemos conservar las memorias buenas,
las
lecciones que nos ayudaron a crecer,
a desarrollarnos para el bien y a dejar
atrás el dolor
y las decepciones aunque estas hayan dejado huellas profundas
y
superarnos incluso de los éxitos y metas,
porque sabemos que podemos trazarnos
nuevas.
Estos son los momentos en que uno agradece enormemente a Dios
por esas mujeres
que han marcado en sus roles,
valiosos aportes de lo que somos y de lo que yo
soy, que fueron
y serán las bases de nuestras vidas por siempre,
a mi abuela
que cada día está más cerca aunque ya no físicamente,
pues me enseñó el valor
del hogar, de la familia unida a pesar de las diferencias, de lo que satisface
lograr algo desde el esfuerzo y el trabajo,
de ser ejemplo de lucha y
sabiduría;
a mi mamá, que es voz y oídos, que es aliento y amiga,
que es
consejo y mi suelo y también me permite volar en mis sueños y metas, a mis tías
que empujan y guían, que son inspiración y alegrías,
a mi hermana por ser más
que hermana, amiga y complemento de vida,
a mis primas que también son hermanas
y son amigas,
a mi sobrina que es casi hija, y es también un todo que me
hace
querer luchar por un futuro más promisorio y más bonito,
a esas amigas de hoy y
de siempre, compañeras de estudio,
de labores, de farra, por también ser
inspiración
y nos permiten valorar la hermandad más allá de los vínculos sanguíneos…
a esas mujeres que luchan y se esmeran por ser mejores mujeres…
GRACIAS POR
EXISTIR…

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